El Pelo Afro

Símbolo de la lucha contra el racismo, el pelo natural en la comunidad afroamericana, sin tratamientos de alisado, forma parte de la discriminación racial en EE UU pese a décadas de demandas en los tribunales

Por El País/Antonia Laborde

No es extraño que una conversación con Malaika-Tamu Cooper, de 53 años, propietaria de una peluquería, arranque tratándose de su cabello y acabe abordando la esclavitud. Ser afroamericana la obligó a enfrentarse a un dilema que las mujeres de otras etnias pueden ignorar: dejar crecer su pelo natural, rizado, o someterlo a productos químicos para domarlo. Lo que para unos puede parecer un acto trivial, incluso vanidoso, para ella implica decidir cómo “sobrevivir en la América corporativa blanca”. Llevar sus rastas es una especie de declaración de principios frente a “los cánones de belleza eurocéntricos”, según afirmaba en uno de sus salones en Baltimore (Maryland) antes de que la crisis del coronavirus forzase su cierre temporal. Cuando la peluquería volvió a abrir, a finales de mayo, estalló la mayor ola de protestas raciales en medio siglo en Estados Unidos. Un movimiento que Cooper apoya y sobre el que es tajante: “No se trata de ley y orden, sino de opresión”.

Twana Buck y su hija Bonita, sentadas en una calle cerca de la Casa Blanca, durante una jornada de protestas por la muerte de George Floyd, el pasado 23 de junio. BRENDAN SMIALOWSKI (AFP)
Una mujer con mascarilla, durante una protesta en Minneapolis el pasado 3 de junio. EVA PLEVIER (REUTERS)

La mayoría de las mujeres negras usan lociones químicas para alisarse el pelo. Muchas quieren lucir un estilo afro o rastas o trenzas, como sus antepasados, pero no se atreven. Les puede el temor a perder un empleo o el miedo a ser rechazadas, incluso, por los mayores de sus familias, que no conciben el cabello libre como un derecho. Símbolo de la lucha por los derechos civiles, pese a décadas de demandas en los tribunales, el pelo natural en los afroamericanos es aún una excusa para la discriminación racial en EE UU. Una discriminación sistémica que en las últimas semanas ha dado la vuelta al mundo por las revueltas contra el abuso policial hacia la comunidad a raíz de la muerte de George Floyd a manos de un agente blanco durante un arresto brutal, el pasado 25 de mayo en Minneapolis. Pero que, en realidad, es una lacra que se extiende por todos los rincones de la sociedad y que también se puede contar a través de los salones de belleza.

La madre de Cooper, una de las primeras mujeres en la organización Panteras Negras de Baltimore, dividía la melena afro de su pequeña en dos coletas. Pero su abuela ―“una católica estoica”, recuerda―, con quien vivía la mitad del año, se lo planchaba. “Mi abuela nació en los años veinte y su madre a finales del siglo XIX. Durante ese tiempo querían asegurarse de que luciéramos limpias, de que tuviéramos lo que ellas entendían que era un pelo saludable. Esa es una generación víctima de un lavado de cerebro del que todavía quedan reminiscencias”, se lamenta Cooper.

La peluquería Dreadz N Head Saloon es un hervidero de gente un viernes de febrero. El olor a champú se mezcla con el del pollo frito que reposa en un envase de comida para llevar en la mesa de Cooper. Las delgadas rastas de la mujer alcanzan el metro y medio de largo. No siempre lo llevó así. En los años noventa, trabajaba en la compañía fotográfica Picture People. Según cuenta, tras 10 años como empleada, informó a su jefe, blanco, de que empezaría a lucir un estilo afro. “[Mi jefe] me respondió que no podía porque no se vería profesional. O me hacía la permanente lisa o perdía mi trabajo”. Cooper renunció y se convirtió en una “máster del pelo natural”. Lleva casi tres décadas ofreciendo charlas en su comunidad sobre la importancia de valorar el cabello natural, un empeño que la ha llevado a grandes capitales como Londres y París, y países de África como Nigeria.

Malaika-Tamu Cooper es ahora propietaria de dos salones de belleza especializados en peinar melenas características de los afroamericanos. La pandemia golpeó el negocio con fuerza el primer mes, pero ahora dice que la demanda es mayor que antes. En sus establecimientos no se utilizan productos químicos, algo que ha ayudado a incrementar su clientela, especialmente entre los millennials. “Ellos nos están redefiniendo porque están poniendo en valor lo que nosotros creemos que es belleza, no lo que la tele dice que es”, explica. Llevar el pelo natural es, además, una ventaja para el bolsillo.

La industria del cabello en la comunidad afroamericana mueve unos 2.500 millones de dólares (2.300 millones de euros), según la agencia de investigación de mercado Mintel. Esta cifra, de 2019, excluye lo que se invierte en pelucas, extensiones y visitas a la peluquería, por lo que se considera una estimación bastante conservadora. Las protestas contra el racismo han tenido un primer impacto en los departamentos de policía por las acusaciones de abuso, pero también en los escaparates de productos de belleza. La multinacional Walmart anunció a mediados de junio que abandonará la polémica práctica de mantener bajo llave los productos de belleza o para el cabello “multiculturales”, que en la práctica consumen mayoritariamente las afroamericanas.

Pero la batalla no solo se ha dado en los salones de belleza. Los tribunales de EE UU llevan décadas recibiendo demandas de afroamericanos que fueron despedidos de sus trabajos por llevar el pelo al natural, sin domar. En 2010, Chastity Jones, afroamericana de Alabama, recibió una oferta para trabajar en el servicio al cliente de la empresa Catastrophe Management Solutions. Sin embargo, el requisito era que se cortara las rastas porque “tendían a desordenarse”. La Comisión de Igualdad de Oportunidades en el Empleo presentó una demanda en nombre de Jones en 2013 y perdió. En 2016, un Tribunal de Apelaciones confirmó el fallo y desestimó el caso. El Tribunal Supremo no quiso escucharlo. Como muchas, Jones se negaba a cambiar su peinado porque es una expresión de su “herencia, cultura y orgullo racial”, como lo describió otra demandante, que fue despedida por no destrenzar su cabello.

Aunque las mujeres son las más afectadas en EE UU, este problema también atañe a los hombres. Malcolm X, el legendario activista por los derechos de los afroamericanos, narra en un capítulo de su autobiografía, publicada en los años sesenta, la primera vez que se hizo un conk, término con el que se conoce el producto químico para alisar el cabello masculino. “Fue mi primer gran paso hacia la autodegradación: cuando soporté todo ese dolor [al echar lejía en mi cuero cabelludo], literalmente me quemé la piel para que pareciera el cabello de un hombre blanco”. Por eso, el director de cine Spike Lee decidió que en Malcolm X, la película sobre la vida del activista, el primer acto de rebeldía en su conversión fuese el de volver a lucir su pelo natural.

El caso recuerda al de J. West, de 40 años, con unas rastas que le caen hasta la cintura. Creció en una escuela militar donde estaba obligado a llevar el pelo rapado casi al cero. “Después de graduarme, mi pelo se transformó en parte de lo que soy, dejé de cortarlo en 2007”, dice orgulloso en Baltimore. Situaciones similares de afirmación de la identidad se han producido también en varios centros educativos del país. A principios de junio, Kieana Hooper denunció públicamente al instituto en el que estudia su hija de 18 años en Texas por prohibirle participar en la ceremonia de graduación si no se quitaba las trenzas. En ese mismo Estado, dos madres demandaron a finales de mayo a la escuela de sus hijos después de que los suspendieran por llevar rastas. Uno de ellos argumentó que las usaba para honrar a su familia, originaria de Trinidad.

Pese a que este tipo de discriminación recorre el país, hay algunos Estados que han empezado a tomar medidas. California, Nueva York y Nueva Jersey aprobaron el año pasado la ley Crown (Create a Respectful and Open Workplace for Natural Hair, crea un lugar de trabajo respetuoso y abierto para el cabello natural), que prohíbe la discriminación por el tipo de peinado, también en los centros educativos. Colorado y Virginia hicieron lo mismo en marzo y otra veintena de Estados han presentado proyectos de ley para sancionar la discriminación por el pelo afro en sus respectivos Congresos estatales.

“El viaje”

Cuando una afroamericana abandona los productos químicos para dejar su melena al natural, se refiere a la decisión como “el viaje”. Es una travesía al amor propio. El de Gillian Scott-Ward, doctora en psicología de 38 años, comenzó en 2013 en un aula de la prestigiosa Universidad de Harvard, donde es profesora. “Muchas alumnas negras venían preocupadas a preguntarme si su apariencia iba a repercutir negativamente en su vida laboral”, cuenta por teléfono a pocos meses del estreno de su documental Volver a lo natural, que aborda el valor cultural del pelo para los procedentes de África y las discriminaciones que padecen en distintas partes del mundo. “No todos tienen el privilegio de ser quienes son”, agrega. Scott-Ward se hacía la permanente lisa desde que tiene memoria, pero se dio cuenta del mensaje erróneo que estaba transmitiendo a sus estudiantes y decidió dejarse el pelo tal y como le crece de manera natural: rizado.

“El abuso policial, la discriminación en el trabajo, el rechazo a nuestro pelo natural, todo eso está unido en la idea de que los negros somos menos que seres humanos. Esta vez, las protestas [contra la brutalidad policial], al ser multirraciales, pueden ayudar a sanar este trauma colectivo”, agrega. “Pasamos de la esclavitud a la segregación, y ahora esto. No nos hemos sanado como país y para hacerlo tenemos que aceptar todo lo que incluye ser negro. ¿Cómo son las personas en los libros infantiles, cómo son sus pelos?”, plantea la psicóloga. Y es que la falta de referentes es una parte esencial de esta historia.

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